Durante años me han acompañado algunos poemas de Animal de fondo y Dios deseado y deseante de Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Este poeta, Premio Nobel de Literatura en 1956, representa una de las cumbres de la poesía española moderna. Su obra, marcada por una evolución desde el modernismo sensorial hasta una introspección metafísica, culmina en libros como las dos obras citadas (1948-1953), donde el poeta andaluz plasma una búsqueda espiritual profunda. Estos poemas, inspirados en una experiencia mística durante un viaje por mar en 1948, revelan un sentimiento espiritual que trasciende las formas religiosas ortodoxas, fusionando lo poético con lo divino. Trataré de acercarme un poco al sentimiento y la experiencia del poeta, para responder a dos interrogantes: ¿podemos considerar a Juan Ramón un místico de la no dualidad? Y ¿es su dios equiparable al de las filosofías y espiritualidades no duales?

El Sentimiento y la Fe en la Poesía de Jiménez: una expresión de su vivencia de unidad y conciencia

El sentimiento que impregna Animal de fondo y Dios deseado y deseante es el de una fe vital, dinámica y gozosa, alejada de dogmas rígidos. Jiménez canta a Dios no como una entidad remota o punitiva, sino como una presencia immanente, una «conciencia de lo hermoso» que se entrelaza con el yo poético.

En el poema «La trasparencia, Dios, la trasparencia», el poeta afirma:

«Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia

y la de otro, la de todos,

con forma suma de conciencia».

Quizá coincida su idea con la Supraesencia de otro gran místico, el Pseudodionisio Areopagita o con la noción de Supraconciencia de un divulgador actual, el Dr. Sanz Segarra.

Aquí, la fe se manifiesta como un amor cósmico, un «fuego con su aire», donde Dios y el ser humano se funden como en una «lucha hermosa de amor». No hay necesidad de purificación ni redención tradicional; el poeta declara: «Yo nada tengo que purgar», enfatizando una fe afirmativa que celebra la plenitud del presente frente a una religión de sacrificios expiatorios.

En «Soy animal de fondo», Jiménez se autodefine como un «animal de fondo de aire», un ser inmerso en un pozo sagrado donde la presencia de Dios se fundía con elementos naturales (flor, golondrina, toro, agua). Este fondo es el «centro de la tierra y de su vida», un espacio de «sensualidad hermosa» que trasciende mediante la «conciencia amadora». La fe no es creer, ni oscuridad sino sensorial y consciente, es visión, un gozar pleno que eleva lo cotidiano a lo eterno, sin apelar a eternidades abstractas más allá del «ahora yo».

Por su parte, en Dios deseado y deseante, el sentimiento se intensifica en un despertar maravilloso: «¡Estar despierto yo! ¡qué maravilla!». Dios es el «venir», un oasis eterno interno que se revela en espejismos del ocaso, en coronas planetarias de días y noches; pero, ante todo es el venir, el hacerse presente, el ahora. El poema «De un oasis eterno de lo interno» evoca un viaje de occidentes que separan vidrios para revelar la «entera desnudez de forma viva», donde Dios está «de mil maneras». La fe es un «gozar de un sueño conseguido», una verdad que se renueva cada mañana.

En «Como tú, mi amor, miras», el poeta busca con total sinceridad de corazón, por lo que Dios no se puede sentir ofendido, como pretenden los adalides de la ortodoxia. Tiene derecho a pensar de «la mejor manera que» puede, pues «Dios se deja encontrar de los que le buscan con sincero corazón», como dice el Salmo. Dando gracias a la «belleza inmensa» que es Dios, proponiendo una comunicación no verbal:

«Si sólo nos pudiéramos mirar

como miras tú, dios, y tú, belleza, miras,

lo sabríamos todo».

Esto es sabiduría que hace sentirse agradecido; pues él busca a Dios porque éste lo buscó primero (deseante).

Filólogos como Guillermo Díaz-Plaja han destacado esta «emoción religiosa» en «Animal de fondo», describiéndolo como un texto «transido de emoción religiosa» que culmina una aventura mística. Ricardo Gullón, por su parte, ve en Jiménez una «aventura mística» que trasciende lo humano en busca de lo eterno.

Filósofos como Concha Zardoya, en su análisis, subrayan que esta fe es una «religión inmanente sin credo absoluto», evolucionando desde una conexión sensorial hasta una conciencia de belleza y unidad. ¿Un Místico de la No Dualidad?

Coincido con[1] Antonio Gutiérrez-Pozo en su artículo «Dios en mi conciencia

La idea de Dios en Juan Ramón Jiménez» en «el profundo carácter religioso de lo poético en tanto que no hay poesía que no suponga la confrontación con lo último del mundo, con las realidades postreras que rozan el límite de lo trascendente».

Influencias y Paralelismos

Sí, podemos afirmar que Juan Ramón Jiménez es un místico de la no dualidad, aunque con matices propios de su contexto cultural español y poético. Su misticismo no sigue el camino ascético de los místicos cristianos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa, caracterizado por la «noche oscura» del alma y la renuncia. En cambio, Juan Ramón opta por una «mañana oscura» iluminada por la luz divina, enfatizando la plenitud y la creación en lugar de la purificación y el desasimiento. Su proceso es psicológico e intelectual, centrado en la belleza como vía a lo divino, resolviéndose en un ascetismo poético que no alcanza la unión sobrenatural plena, sino una compenetración basada en el amor y la conciencia.

Críticos han señalado influencias orientales en esta visión. Jiménez tradujo las obras de Rabindranath Tagore junto a su esposa Zenobia Camprubí, absorbiendo ideas hindúes que elevan su espiritualidad. En análisis como el de «Hinduism in Animal de fondo» de C. Steffen, se compara la «conciencia» de Juan Ramón con el Brahman hindú, la realidad omnipresente que abarca todo, desde lo humano hasta lo inanimado. El aparente politeísmo en sus poemas evoca himnos védicos que deifican elementos naturales y sociales, mientras que el dharma (ley sagrada) se refleja en su celebración del rol poético como deber moral. Esta asimilación de tradiciones relativistas-pluralistas prioriza la experiencia personal sobre el dogma, afirmando gozosamente una realidad religiosa en la conciencia propia.

Filósofos como Aristóteles (con su Motor Inmóvil) y Santo Tomás de Aquino se invocan para contrastar: Jiménez ve a Dios como presente en todo, en una «pleamar y pleacielo», sugiriendo un panteísmo que roza la no dualidad, donde lo divino y lo natural son uno. Zardoya destaca el «centro rayeante», un punto de amor infinito donde poeta y Dios coexisten sin separación, logrando una unidad dinámica. Esta no dualidad se evidencia en frases como «tú eras yo» o «yo era tú», eco de la identidad Atman-Brahman en el Advaita Vedanta.

El Dios de Juan Ramón: ¿Equivalente al de las Espiritualidades No Duales?

El dios de Jiménez es, en esencia, el mismo que en las filosofías no duales: una conciencia unificada, immanente y sin forma fija. No es un dios trascendente ni antropomórfico, sino una «esencia» que es «forma suprema conseguible», presente en el yo como «mi forma». Dinámico y mutuo –deseado y deseante–, este dios necesita al hombre para completarse, convirtiéndose en el hombre mismo, como señala un análisis: «Dios deseante que necesita del hombre y llega a ser el hombre». Esto resuena con el Brahman, que no es separado del mundo, sino su sustancia última, experimentado en la iluminación no dual. Influencias hindúes, vía Tagore, refuerzan esta visión: el dios de Juan Ramón es una «conciencia amadora» que unifica lo grande y lo pequeño, infinito hacia un «pozo sagrado de mí mismo».

Críticos como Díaz-Plaja comparan su uso del mar como símbolo de eternidad con Paul Valéry, pero en clave mística no dual. Sin embargo, matices occidentales –como el panteísmo español– lo distinguen: su dios es poético, creado por la palabra, no puro vacío nirvánico.

Juan Ramón que se tiene a sí mismo como poeta, como un ser insatisfecho con lo superficial, que presiente lo misterioso e inalcanzable que trasciende lo visible, como un ser impulsado por un “hambre interior», busca en lo invisible, porque se siente inserto en «el tronco del árbol de lo eterno», porque lo infinito está dentro.

Conclusión:

Una mística poética hacia la Unidad

Juan Ramón Jiménez emerge como un místico de la no dualidad en un sentido poético y personal, donde la fe es un gozo consciente de la belleza y la unidad. Su dios, immanente y recíproco, se alinea con el de espiritualidades no duales como el hinduismo advaita, priorizando la experiencia interna sobre dogmas. Críticos y filósofos confirman esta interpretación, viendo en su obra una evolución hacia una supremacía de la conciencia que fusiona el yo y lo divino. Así, estos poemas no solo capturan lo profundo del alma jimeneziana, sino que invitan a una mirada no dual al mundo: si miramos «como tú, dios, miras, lo sabremos todo».

[1] «Dios en mi conciencia La idea de Dios en Juan Ramón Jiménez». Antonio Gutiérrez-Pozo en Co-herencia Vol. 20, n.º 38, enero – junio de 2023, pp. 249-271. (ISSN 1794-5887 / e-ISSN 2539-1208). Y Gutiérrez Pozo, A. (2023). «La poesía de Juan Ramón Jiménez como ontología simbólica». Revista Filosofía UIS, 22(1), 117-146. https://doi.org/10.18273/revfil.v22n1-2023006

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